Como la gente

¿Cuántas veces hay que decirlo? La gente no existe. El pueblo no existe. La sociedad no existe. Lo único que realmente existe es el café.

El otro día, entre clases, me fui a ese bar-quiosco frente a la biblioteca para reponer mis existencias de existencia, para tomar el acostumbrado vaso de agua caliente con granos de Noescafé con azúcar y, de paso, ponerme al día con la oferta televisiva de la sobremesa: "Caso Cerrado" a veces, o bien "Vamos con Todo". Esta vez se trataba de un tipo que acababa de pagar una cuantiosa suma a un miembro de la paparazzi, de nombre (creo) Papá Razzi, para que le entregue un video con el que el otro le hacía chantaje amenazando con revelar secretos sexuales. El mencionado "Razzi" fue quien salió delante de la cámara. "Ahora estoy bien," se congratulaba, "ahora, con lo que me ha pagado, estoy como la gente, con casa en Samborondón. Ahora tengo mi Mercedes Benz. Ahora, sí, vivo como la gente."

La dueña de la cafetería meneaba tristemente la cabeza ante tal derroche de teatral vulgaridad.

Un presentador del programa, gordinflón y dicharachero, ofreció: "Para mí eso no es vivir como la gente. Vivir como la gente es vivir en paz, sin enemigos, sin culebras..."

La cafetera sonrió y asintió con la cabeza.

Una presentadora del programa: "Claro, claro que sí. Vivir como la gente... para eso no hace falta vivir en Samborondón. Se puede vivir como la gente en cualquier lugar...."

La cafetera no pudo reprimirse un "eeeesacto".

La presentadora: "En realidad, no importa dónde uno vive. Lo que sí importa, ya lo sabemos, es tu cabello, que tu cabello tenga ese brillo especial, único, ese brillo que sólo podemos conseguir con..."

La cafetera hundió la cabeza entre las manos.

El pueblo es una creación publicitaria. Por definición, el pueblo son los otros, el infierno sartreano. Donde se reunen dos o tres alrededor de una pantalla, ahí estará, encarnado por un actor sacado del paro, con un guión hábilmente concebido para suscitar rechazo universal y sensación de superioridad moral y social en el espectador, quien a su vez, será escarnio de otros en la medida en que "se lo cree" (¿qué? ¿no sabías que son sólo actores?), estos otros siendo igualmente criticables por parte de los que consideran que previo al desprecio hay una necesaria identificación (si tan por encima de éstos estuvieras, ni los vieras), etcétera, en una suerte de regresión infinita.

O bien, a doña Juana Pueblo le damos cara de matriarca universal, de esa tía abuela legendaria que apenas conocimos, la que sabe a ciencia cierta quiénes son "ellos", los que por razones ignotas nos mienten, o que reparte sentencias inapelablemente justas a mazazo limpio; poco importa, desde el momento en que algunos "se lo creen" y otros cabalgan sobre esa ingenuidad para dárselas de mentes superiores, y otros más superiores todavía en su vociferante indiferencia parnasiana, muy distinta al vulgar parti pris anterior.

El pueblo no existe, pero como abstracción es útil, sobre todo para viajar en autobus. A cortas distancias, la individualidad se hace notar en perfumes o lamentables carencias de los mismos, en remolinos de cabello y Biblias con resaltes fluorescentes y cotizaciones de Chevrolets para guardar el lugar. Pero para que el viaje transcurra sin incidente, tiene que flotar por encima del resto de cabezas esa neblina azul alpina de semiconsciente colectivo. Esa electricidad estática que se galvanizará en tormenta el momento en que se te ocurre ponerte a cantar, o sonreirle a esa chica. En realidad, ya lo sabemos, las restantes 73 personas allí embutidas son (al igual que tus compañeros de trabajo) modelos de cartón, y esa chica es, aparte de ti, el único ser humano que queda en el mundo, naufragado en la orilla del momento tras una secular travesía de oceanos y desiertos. Lo más natural del mundo fuera saludarla, dar santo y seña de vida. Pero está el pueblo, esa oscura violencia que flota como vapor en el aire. A contenerse, pues, hasta ser vomitado cual Jonás en la parada de Luis Vernaza.

Eso hace que para muchas personas los viajes sean mucho más tranquilos y amenos. No voy a pasar por cada uno de sus asientos. No tengo nada masticable ni delicioso. Tranquilos.

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