J.
Joder (asambleístas, gobernantes de todos los sabores) no es poder. Poder es esto.
Ella asiste a mi clase, donde se siente con unas tres chicas más y un presunto gay (ya saben, de ésos que apelan a instintos maternales en las chicas, y premia las atenciones de éstas con chismes y chistes), pero se distingue tanto por su altura como por cierto mutismo de niña bien criada. Hasta ahí llegaba, hasta darme cuenta hace algunas semanas (fue algo repentino, un camino de Damascus) que se parecía asombrosamente a la Carmen. Es como Carmen Mk. II, en nueva versión más mortífera, más exagerada, desde luego mucho más joven. Mofletuda igual que ella, tal vez incluso más. El mismo aire de cauteloso y amigable distanciamiento de sus compañeros de clase, un poco como si se supiera libre de un bacilo que a los demás les infecta, demasiado educada para subrayar tal diferencia. Y esa manera de hacer parecer a las otras personas alrededor como mal planchadas. Ese aire de hija única, esa discreta pulcritud. Esas caderas. Esa mirada interrogativa, huidiza, tan inquietante. Tengo la sensación, en general, de ser para ella como una sombra en la pared. Pero pasó lo de ayer. Sí pasó.
Los demás ya habían terminado el examen y habían salido. Segunda vez que ella termina la última. Se levanta, con el papel en la mano. Se dirige hacia mi mesa, hacia mí.
La memoria insiste en bordar, en darle un caminar de modelo de pasarela, en que sus pies se cierran sobre la línea a trazar como puntas de tijeras, etcétera. No es necesario creer nada de eso. Simplemente, durante dos segundos que parecieron minutos, sonrió. Mirándome a los ojos, y acercándose a paso de verduga experimentada, sonrió.
Luego entregó el papel, y salió.
Creo que sonreí también un poco, simplemente para no desentonar. Afortunadamente, en mi pobre repertorio de expresiones faciales no hay una que denote hambre, ni avasallamiento. Peor, combinación de ambos. Tengo una única expresión de despistado que cubre casi todo. Tal vez es por eso que incluso de joven, nunca me pasaban cosas.
Ni me van a pasar, evidentemente. Esto no llega ni a anécdota. Es simplemente una ilustración de lo que significa tener poder.
Uno se pasa el día - incluso a mi edad - abofeteado por lujurias de diversos tamaños. Pero no dejan huella. Cumulativamente, crean un ambiente anímico, eso es todo. Lo que llegas a sentir siempre está condicionado por lo que sabes que es imposible que suceda, que en mi caso es absolutamente todo, pues no soy siquiera una persona, sino una brizna de ectoplasmo. Lo de ayer fue diferente. Valga el cliché, uno se siente como venado hipnotizado por las luces del vehículo que viene directo hacia ti. Se olvida de la realidad, con todas sus limitaciones. Durante un instante, tienes la sensación de que todo puede pasar, y dentro de ese todo, lo más evidente: ella te va a aniquilar de alguna manera. Estás en extremo peligro, y a la vez, inmovilizado. Y ahí me quedo, porque se trata de un peligro tan bello, que no admite descripción.
Hace cosa de siete años (escribí al respecto entonces, pero no recuerdo dónde), estaba con la Pilar, y era el atardecer. De repente, me angustié, porque parecía que ella se había transformado en la otra, en Carmen. Se lo dije. Dije que en ese momento había un parecido que me confundía. Ella me respondió, muy seria:
- Es que soy la Carmen.
Y durante unos segundos, lo creí. Aquellos segundos pertenecen con éstos. Momentos en que la realidad se disuelve como acuarela bajo la lluvia.
Hasta ayer, yo me preguntaba si esa chica estaría consciente o no de sus poderes. Algún día la había visto con un novio que sólo admite la descripción de fofo. Ayer me convencí de que sí, pero que tal vez era consciente sólo inconscientemente. En todo caso, espero que en el futuro sólo los use para mal. El poder usado al servicio del bien es lo más triste y deprimente que puedo imaginarme.
Ella asiste a mi clase, donde se siente con unas tres chicas más y un presunto gay (ya saben, de ésos que apelan a instintos maternales en las chicas, y premia las atenciones de éstas con chismes y chistes), pero se distingue tanto por su altura como por cierto mutismo de niña bien criada. Hasta ahí llegaba, hasta darme cuenta hace algunas semanas (fue algo repentino, un camino de Damascus) que se parecía asombrosamente a la Carmen. Es como Carmen Mk. II, en nueva versión más mortífera, más exagerada, desde luego mucho más joven. Mofletuda igual que ella, tal vez incluso más. El mismo aire de cauteloso y amigable distanciamiento de sus compañeros de clase, un poco como si se supiera libre de un bacilo que a los demás les infecta, demasiado educada para subrayar tal diferencia. Y esa manera de hacer parecer a las otras personas alrededor como mal planchadas. Ese aire de hija única, esa discreta pulcritud. Esas caderas. Esa mirada interrogativa, huidiza, tan inquietante. Tengo la sensación, en general, de ser para ella como una sombra en la pared. Pero pasó lo de ayer. Sí pasó.
Los demás ya habían terminado el examen y habían salido. Segunda vez que ella termina la última. Se levanta, con el papel en la mano. Se dirige hacia mi mesa, hacia mí.
La memoria insiste en bordar, en darle un caminar de modelo de pasarela, en que sus pies se cierran sobre la línea a trazar como puntas de tijeras, etcétera. No es necesario creer nada de eso. Simplemente, durante dos segundos que parecieron minutos, sonrió. Mirándome a los ojos, y acercándose a paso de verduga experimentada, sonrió.
Luego entregó el papel, y salió.
Creo que sonreí también un poco, simplemente para no desentonar. Afortunadamente, en mi pobre repertorio de expresiones faciales no hay una que denote hambre, ni avasallamiento. Peor, combinación de ambos. Tengo una única expresión de despistado que cubre casi todo. Tal vez es por eso que incluso de joven, nunca me pasaban cosas.
Ni me van a pasar, evidentemente. Esto no llega ni a anécdota. Es simplemente una ilustración de lo que significa tener poder.
Uno se pasa el día - incluso a mi edad - abofeteado por lujurias de diversos tamaños. Pero no dejan huella. Cumulativamente, crean un ambiente anímico, eso es todo. Lo que llegas a sentir siempre está condicionado por lo que sabes que es imposible que suceda, que en mi caso es absolutamente todo, pues no soy siquiera una persona, sino una brizna de ectoplasmo. Lo de ayer fue diferente. Valga el cliché, uno se siente como venado hipnotizado por las luces del vehículo que viene directo hacia ti. Se olvida de la realidad, con todas sus limitaciones. Durante un instante, tienes la sensación de que todo puede pasar, y dentro de ese todo, lo más evidente: ella te va a aniquilar de alguna manera. Estás en extremo peligro, y a la vez, inmovilizado. Y ahí me quedo, porque se trata de un peligro tan bello, que no admite descripción.
Hace cosa de siete años (escribí al respecto entonces, pero no recuerdo dónde), estaba con la Pilar, y era el atardecer. De repente, me angustié, porque parecía que ella se había transformado en la otra, en Carmen. Se lo dije. Dije que en ese momento había un parecido que me confundía. Ella me respondió, muy seria:
- Es que soy la Carmen.
Y durante unos segundos, lo creí. Aquellos segundos pertenecen con éstos. Momentos en que la realidad se disuelve como acuarela bajo la lluvia.
Hasta ayer, yo me preguntaba si esa chica estaría consciente o no de sus poderes. Algún día la había visto con un novio que sólo admite la descripción de fofo. Ayer me convencí de que sí, pero que tal vez era consciente sólo inconscientemente. En todo caso, espero que en el futuro sólo los use para mal. El poder usado al servicio del bien es lo más triste y deprimente que puedo imaginarme.
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