Cómo ser moribundo y no morir en el intento

El lunes pasado, a las 14.25 aproximadamente, empeoré. Quiero decir que se me reventó otro alvéolo pulmonar, o yo qué sé, la cuestión es que antes me sabía moribundo pero más o menos me las apañaba para oxigenarme adecuadamente, suspirando discretamente, y llevar una vida superficialmente normal, y tras ese instante el lunes, me vi convertido en un inválido (a nivel subjetivo), a más de que desde entonces la sensación de ahogo apenas nunca me abandona, y los músculos se me quejan de modo espantoso del mínimo esfuerzo, y pensar en ir a trabajar me da escalofríos (pero lo hago, obviamente). Sucedió en el momento justo: ese día me ofrecieron el empleo en Saudi, por un salario de fábula ($37.000 por menos de un año de trabajo), a lo que evidentemente hubiera accedido sin pensármelo, a pesar del apremio (habría tenido que marcharme para el R. hUnDido esta semana, para arreglar a tiempo los papeles), si no fuera por ese repentino e inesperado empeoramiento. Al final rechacé la oferta, con pretextos. ¿Por qué, si ahora más que nunca la cuestión es ganar lo que puedo para sanear un poco las cuentas familiares antes de morir? Pues porque tuve algo parecido a miedo, a ser sincero. No tengo miedo de morir: eso es una simple formalidad burocrática, un "clausurado" del cuerpo al estilo SRI. No es morir en sí. Es lo de antes, el lento asfixio, los atropellados pánicos nocturnos del corazón. No se me ocurre sitio peor que Arabia Saudita para estar muriendo, el país entero me parece un inmenso estar medio muerto y tres cuartos enterrado, con sus múltiples censuras de vino, de música y de cuerpos femeninos. Y la verdad, quisiera tener cerca a alguien conocido, sin saber exactamente para qué. No sé cuánto más puedo durar, si unos meses, un año, tal vez dos ó tres pero no creo. Lo supiera a lo mejor si me pudiera costear una visita a un médico. (Creo que no hay tratamiento ni paliativo para la emfisema, más allá de los caramelos Halls y, milagros financieros mediante, algún tanque de oxígeno, pero quisiera sorprenderme. En fin, estamos pendientes de un supuesto seguro de salud que como todo en este maldito trabajo, demora en concretarse. ) A veces me pongo a pensar en cómo me hubiera ido si no me hubiera casado ni tenido un hijo. Creo que estaría entonces la mar de tranquilo en esta situación de cercanía a la muerte, aunque no quiero decir con eso rebosante de alegría. La verdad, como antes comenté en algún lugar, uno teme la muerte en la medida en que se cree insustituible, y yo no me creo así. Por lo menos cuando me lo pienso. Casi todo en mí es minoritario, sin duda, desde mis instintos políticos hasta mis gustos en música y mujeres y mis incombustibles veleidades sadomasoquistas (serán lo último en morir, seguramente), desde mi estatura y torpeza poco latinas hasta alguna vergonzosa herida de guerra de la niñez... pero minoritario no quiere decir único. Y para argumentar que lo que sí es única es la combinación de tantos elementos dispares, haría falta primero demostrar que de todo ello se ha conseguido, no una simple mezcla, sino un compuesto químicamente estable. En mi caso dudo que sea así. Soy un ser contradictorio, pero tengo la sensación de que muchas de esas contradicciones nunca fueron del todo resueltas, sino que son facetas disgregadas de una personalidad cuyas distintas almas aprendieron a convivir, incluso cordialmente, pero sin llegar a tantísima intimidad entre sí. De modo que, estríctamente, soy poco cotizable en el mercado de los seres únicos (aunque, al contemplar lo que hoy en día pasa por "un ser único", casi me alegro de que así sea). Cuando me muero, las distintas batutas que llevo pasarán a otros, que seguramente no se volverán a encontrar, pues nunca tendrían por qué haberse encontrado en primer lugar. Siempre he sido demasiado promiscuo, en el sentido de querer que Carlitos, el chiflado, se haga rey de Inglaterra nada más que para instituir antes del Fin de los Días el Orden del Tampón (Honi soit qui pense, tout simplement) como sucesor al de la Jarretera o Liguero; o en el de querer que las noticias de las siete en Maryland sean presentadas por una iguana; o que el Parlamento Europeo celebre debidamente en sus respectivas lenguas el Día Internacional de Hablar Como Pirata.

Claro que entonces saca sus horripilantes cabezas el instinto familiar. Antes, hace tanto tiempo, pensaba dejar para mi hijo un mapa de ruta, esparcido por la Red, para encontrar la felicidad (ahora, por fin, sé dónde está, cómo se peina, qué modelo de sostén lleva) pero a estas alturas me di cuenta de que será inútil: él me lleva tanta ventaja en eso de ser como yo que me quedo fuera. Le espera tanta tristeza, tantísimas y variadas tristezas, que ninguna receta mía será válida para él. Yo apenas le di unas vueltas al archipiélago de mis paupérrimas posibilidades: él ya está zarpado, en alta mar, rodeado de una terrorífica soledad, donde no le puedo seguir sino sólo acompañar. Cuando me muera, él me recordará apenas una, dos semanas. Más adelante, sin embargo, se dará media cuenta de que hay dónde retirarse, adónde fugarse, muy adentro, y de que en ese espacio hay un misterioso ser que siempre está de su lado, y con el que puede conversar. Dicho de otra manera, este amor que le tengo no creo que muera conmigo, pues el amor se ríe de nuestros compartimientos estanco de individualidad. Hemos compartido lo suficiente para que él lleve toda la vida el recuerdo epidérmico del roce de una mano pequeña y esperanzada con otra más grande y desesperada.

Estos genes no le sobrevivirán. Ellos mismos protestan, apelan: pero la razón no está de su parte. La humanidad pasó la prueba de Turing, no a nivel colectivo pero si a través de unos individuos preclaros que tuve la suerte de conocer a tiempo. (Lo poco que ellos ignoran, dejaré constancia de ello en otro blog. Creo que bastarán unos 200 palabras y un par de dibujos.) Creo que me merezco un descanso.

Es curioso constatar que la respuesta a esa pregunta "si supieras que sólo te quedan X días, qué harías" es simplemente "ir a trabajar, pasar vergüenza, intentar que no se note demasiado el ahogo, las frases inacabadas, el terror, atiborrarse de aspirinas, preocuparse por las tareas no cumplidas, y soñar hasta el último momento con el cuerpo de la Yayita, la compañera de Condorito, en sus distintas avatares a lo largo de la Metrovía". Creo que me faltó organizar mi vida con suficiente previsión para que no terminara así.

Comments

  1. Pese a todo, uno siempre busca o anhela alguna forma de trascender, bien sea por uno mismo, o bien sea a través de otros.

    La memoria y los recuerdos, creo yo, son uno de los tesoros más grandes de nuestra existencia, y por eso esperamos que los depositarios de nuestros afectos compartan y atesoren los mismos recuerdos.

    Conmovedor de verdad mi amigo. Aunque creo que te equivocas en algo: mientras sigas vivo, creo que puedes hacer mucho para enmendar lo que crees que hiciste incorrecto y para organizar otras cosas y dar cabida a un final más deseado.

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