Conversando con un zombi

- ¿Haiti?

- No exactamente. Hay una especie de mí, pero harto desdibujado. Intenta influir, y no le dejamos.

- Legión, entonces.

- Podrías decir eso. (sonrisilla siniestra)

- Y ¿a qué se dedican ustedes?

- A no ser.

- Bueno, pero eso hacemos todos.

- Ya, pero ustedes los vivos lo hacen mal. El apego al clima emocional personal les pierde. Nosotros somos razonablemente listos.

- Explícame eso.

El zombi colocó sobre la mesa, con sumo cuidado, una copia del último boletín del Estado, y se repantigó en el sillón. Una pierna se le cayó, con estrépito olfativo de estiércol caduco, y rodó unos centímetros debajo de la mesa. Fingí no haber visto nada.

- Qué hermosa tarde – espetó con enojo y mal disimulada ironía. - ¿No te parece? Mira esos sauces que aletean allá por la Perimetral. Mira esa iguanilla que husmea dulcemente los exámenes sin corregir que has dejado allá en el piso, cubiertos ya de hormigas. Mira ese corpulento rector de colegio secundario que sube y baja por el aire allá detrás de las casas, manteado sin duda por una pintoresca chusma de subsecretarias. Mira todas esas ensaladas que quedan por aliñar antes del fin del mundo: considera, asimismo, todas las canciones de Myriam Hernández cuyas insipideces aún quedan por desconocer. Mira ese papamoscas que canta que canta, posado encima del corcho de tu botella de excelente vino. Escucha ese dulce ronroneo de la lejana ciudad, que ha perdido su papel de votación detrás del asiento del carro, donde también hay un semicírculo de aluminio con puntas redondeadas que parece haber salido de un sostén. Mira y escucha y dime si todo esto no es hermoso.

- La verdad, prefiero las cadenas del gobierno. Ésas en que un tipo ve en la tele cómo otro tipo le estrecha la mano a un tercero, con ceño razonablemente adusto, y el primero hace un leve gesto de complacencia. Eso me chifla.

- Y a quién no. – asintieron solemnemente las miles de voces que del zombi salían, con imperfecta pero adecuada sincronización. - Pero diimee, ¿a qué edad perdiste la virginidad?

- A los cuarenta. Siglo más, siglo menos. ¿Qué tiene que ver?

- Hablas de la virginidad emocional, por supuesssto.

- Por supuesto. La otra, no sé, tal vez fue en una lavandería. En las lavanderías, todo se pierde. Una vez perdí un filete de merluza.

- Y ¿qué edad tienes ahora?

- Cuarenta y ocho.

- Así que soportas sólo ocho años, siglo más, siglo menos, sabiendo que estás dividido, como Galia, en tres partes. ¿Cómo se lleva, a tu edad, eso de ser tres?

- La verdad, bastante mal. Para Dios es fácil, tiene más práctica.

(En ésas se le cayó la otra pierna. Esta vez, la recogió y se puso a examinarla detenidamente, mientras hablaba.)

- Exacto. Y si te dijera que nosotros alcanzamos, según notorio cálculo imbécil, los ciento cuarenta y cuatro mil. Personalmente, no sé si sumo tanto, pero mira, en lo que va de esta conversación ya me ves dolorosamente multiplicado por simple división, y proliferando lastimeramente por el piso, cual pendejadas de vinilo altamente educativas. Seguro que dejaste tu corazón en San Francisco.

- No señor. Lo tengo repartido entre una trabajadora social aficionada a las nalgadas, una acaudalada catadora de licores centroamericanos amiga de siquiatras putativos, y una inmensa zona erógena justo detrás de mi casa, habitada por reptiles, pilares de hormigón, pares de zapatos y colchones podridos. De tal forma que a veces me parece pura e incomprensible terquedad de parte mía ser éste y no el de al lado, el que duerme donde cualquiera escogiera, en la maleza. A veces me dedico a ser él, en secreto. Cultivo coleópteros, y transformo discrepancias sintácticas en asuntos personales, en medio de gran algarabía. A veces me confundo seriamente sobre quién soy.

El otro, que se había colocado las piernas de nuevo dentro de los ensangrentados huecos pélvicos a ellas destinados, y que había mirado subrepticiamente el reloj mientras yo le hablaba, se levantó y se puso a deambular rígidamente por el patio con los brazos extendidos por delante, como toro en un almacén de televisores.

- ¿Qué demonios hace usted?

- Son las cinco y diez. Nos toca ser espantosos y tétricos. Exigencias del oficio. ¿Te doy miedo?

- No, gracias, ya tengo. De hecho, a veces pienso que el miedo es lo único que, a partir de los treinta y tantos, impide que nos disgreguemos completamente en innumerables personalidades mutuamente aburridas que siguen diferentes horarios. Es como el pegamento que nos mantiene intacta la individualidad. El miedo, digo.

- Veo que no hay moscas encima tuya: de hecho, cimas parece que también te faltan. Alguna vez hubieras querido ser mujerrr.

- Como todos. Pero en un mundo de sólo mujerrres, gracias. Hay géneros que, al igual que cuatro ó cinco de los Estados Unidos, sencillamente sobran. Los hombres somos como New Hampshire, para entendernos. Si desapareciésemos, nadie lo notaría.

- El cromosoma Y fue un mal invento, eso es innegable. Apesta como un político a los dos años de votado.

- Ustedes, me imagino, abarcan todos los géneros.

- Casi todos. Hasta tenemos a Vinicio Alvarado, fíjate. Pero eso del género, serle tan benevolente, es otro error de ustedes los vivos. Cuando llegas a cierta edad, puede que la tuya, o la mía hace un par de siglos, empiezas a soñar con órganos reproductivos enroscables, ¿no es cierto? Uno echa de menos poderlos quitar y dejar en remojo, como la dentadura, para luego ponerlos cuando haga falta. Aunque viéndole bien a usted, no le habrán hecho falta en bastante tiempo.

- Tanto, que ni completos, seguramente. Puedo haber perdido alguno por el camino. Últimamente pierdo todo.

- Pero sigues vivo.

- Es un decir.

-¿No te hartasss?

Lo veía, lo veía de lejos. Ese sujeto era un simple vendedor ambulante, tipo Morpheus en el poema de Spenser, o tipo Cámara de Comercio de Guayaquil.

- A ver. ¿Cuáles beneficios me reporta asociarme a su gremio, el de los muertos vivientes? ¿Me otorgan una tarjeta de descuentos?

- La muerte tiene una mala fama injustificada. En realidad, hay mucha gente, hasta gente muy famosa, que está muerta y no lo quiere reconocer, por eso del qué dirán o del qué velarán. Piensa que estar muerto es como estar dormido, pero con más seguridad y un horario más cómodo. Reflexiona también en las inconveniencias del despertar. Para usted, seguramente, es un lento proceso que empieza con una especie de dolor sicosomático, una vaga conciencia de que unos centímetros encima de tu cara hay una piñata de angustias esperándote con paciencia para que las vuelvas a asumir como propias e intransferibles. Luego está ese desequilibrio momentáneo, esa desesperación ciega, cuando la angustia ya ha hecho presa en usted y todavía no se acuerda de por qué esa mala broma de estar vivo: no se acuerda ni de quién es ni de cómo se llama ni de cualquier epidermis que te proteja contra el desastre inminente, cuya fuente en ese momento tampoco se revela. Usted se pelea por recordar, y entonces empieza el lento y delicado aterrizaje en el helipuerto de tu raquítica personalidad, que últimamente, como hemos visto, se está desprendiendo y despedazando que da gusto. Luego empiezan las tensiones artificiosas de que habla Larkin, la fuga hacia delante que puede tomar forma de café o de llantos de niño o de deberes cotidianos cuyo cumplimiento promete infundirte una falsa sensación de estabilidad, que te sirven de talismán contra el desastre, contra el hambre y la desnudez y la acechante irresponsabilidad. Luego te acuerdas de que no hay agua. Y de que ese “no hay agua” se ha convertido en una sentencia metafísica, en un atributo del universo, es decir, en mandato. Te acuerdas.

- Y si me hago zombi….

- Si te conviertes en zombi, todo eso cambia, por supuesto que sí. Desde ese momento, usted disfrutará de la cómoda certeza de que todo lo que puede haber de malo en el mundo es culpa de otro, y que por lo tanto, no te tienes que responsabilizar de nada, ni asumir nada, ni temer nada, sino simplemente reclamar y acusar, esgrimiendo un polifacético dedo índice, como una señora inglesa en una tienda de electrodomésticos. Aprenderás a hacerlo con cierta ironía: lo suficiente para no darte cuenta demasiado de que estar muerto es como ser una sopa, un estofado, algo medio viscoso cargado de materia orgánica grumosa, por esa proximidad de todos los demás muertos, que como tú ya hace tiempo dejaron de pensar, y se limitaron a reproducirse por división multicelular y a veranear en Miami. Tus recuerdos, algunos tendremos que confiscar en concepto de cuota, para el bien común, ¿quedamos?, pero el resto, los que no tengan demasiado significado, podrás conservar y consultar cuando quiera.

- Suena atractivo.

- Lo es.

- Pero ¿hay agua? De verdad, ¿hay agua?

- No quisiera engañarte. No, no hay agua, en todo el planeta, ni en todo el universo. No lo vayas contando, ojo. Que quede entre nosotros. El agua se agotó tiempo atrás. Ya no queda. Hace tiempo que usted bebe solamente orín descolorido.

- Así que en realidad estamos todos en el mismo barco.

- Exacto. Regálame una firmita aquí y aquí.

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