De Profundis (2)
Fue una asociación corta, no diré que fructífera pero valió la pena, así sea únicamente para recordar desde otro ángulo el por qué de esta vida, es decir para ver pasar las nubes y gozar de esos espacios que a veces se producen entre ellas, donde durante un instante se asoma el sol. Hablo, concretamente, de esa asociación que por algún tipo de extraño milagro se formó entre mis posaderas y el retrete que hay al lado de este despacho, lugar que estoy a punto de dejar libre para otro inquilino. Claro, si uno se limita a examinar los motivos causales de tal asociación, los más inmediatos, pues qué puedo decir, se trata de esa misma diarrea eterna que a todo forastero le aqueja nada más poner el pie en este país, esa diarrea con la que uno termina conviviendo en paz, esa diarrea diaria, apestosa, fétida, que recuerda la maravillosa proliferación de vida tropical, optimista y pujante que se ha dignado a morar en nuestros intestinos. Pero detrás de eso, está el milagro de mi presencia en este despacho, donde todavía en la puerta hay pegado un papel que reza “Director”. Sarcasmo desde algún punto de vista (nunca llegué a “dirigir” nada: no había clientes, ni, faltando la plata, cómo conseguirlos), pero puntos de vista siempre hay dónde escoger: prefiero recordar al bueno de Oates, no como un fracasado que nunca volvió del Polo, sino como alguien que llegó mucho más lejos que lo que su destino le tenía preparado, hasta que decidió “ausentarse algún tiempo”. Así será en mi caso: el destino genético dictaminó que las personas de mi ralea seamos siempre unos mandados, unos obsecuentes lacayos, quienes incluso hasta donde alcanza su limitado discernimiento, tienen que cuidarse muy mucho de no contradecirle a la bruta de la jefa. El haber tenido durante unos breves meses “mi despacho”, apúntenlo en la lista de logros imposibles pero ciertos. Aunque, en verdad, no le veía, la mayor parte del tiempo, el qué. Un despacho es simplemente un lugar para esconderse, para huir de la gente; y como tal, tiene una seria desventaja, en forma de una puerta, que en mi caso (gajes del oficio) lucía siempre abierta (hoy, demasiado abierta). Pero el sanctum sanctorum del retrete, eso era otra cosa. Incluso cuando no había nadie más aquí, encerrarse en el baño era un lujo sibarita como pocos. En gran parte, porque desde esa posición sentada, tan tropical, tan ecuatorianamente evacuante, tan de caganer navideño, sin hacer ningún tipo de esfuerzo podía contemplar, a través de una ventanita de unos 60cm de alto y 1m10 de ancho, una requetefrondosidad de árboles de una belleza indescriptible, donde las ramas del árbol más cercano se superponían sobre las del árbol de más allá, de modo que el más leve movimiento lateral de la cabeza daba lugar a un reajuste de solapamiento, es decir uno de esos efectos 3-D que el habituado a las pantallas de computadora echa de menos de modo subconsciente, tanto que cuando en mi vieja encarnación de programador SQL salía de la oficina y paseaba por la calle, el asedio de las perspectivas binoculares me intoxicaba tanto o más que ese tinto barato con el que a veces festejaba, a la hora de comer, mis pequeños logros en materia de procedimientos almacenados y reportes de Crystal. En los grupos de Usenet que entonces frecuentaba, balbuceaba sobre “los edificios” y sobre los vanishing points; la gente lo atribuía, resignadamente, a la par que yo, a la falta de nicotina.
Queda una hora antes de que venga esa alumna solitaria, la primera y tal vez la última.
Uno ha pasado momentos así, la vida suele estar repleta de ellas: desesperación, indigencia, fantasmas, noche escura. Lo único que cambia, en este caso, que lo empeora un tantito, es la salud, que cuando pasas el umbral de los 45 se excusa y se marcha apresurada, como un invitado que ha recordado una cita. Lo otro que también cambia: las responsabilidades, el niño. Cómo se me habrá metido en la cabeza tener uno de ésos.
A él le espera una vida complicada, difícil, por motivos parecidos a los que a mí me predestinaron a esto. Por eso, se convierta en lo que se convierta, yo lo sabré entender desde mi cómoda situación de estar muerto y por tanto no entender ya nada. De hecho, pensándolo bien, los muertos entienden todo, pues el entendimiento no es más que la falta de terca estupidez: dejando de lado eso, la razón y la claridad afloran de por sí, sin ayuda, sin necesidad siquiera de un cerebro vivo con el que discutir y pelearse. La tierra no nos necesita para estar bella. A mí, menos que nada. La vista desde el retrete lo confirmó. A nosotros solamente nos cabe sorprendernos ante ese pequeño salto de grillo que separa el fétido caldo encima del cual nos agachamos, de ese cielo sublime con filigrana de hojas de acacia y flor rosada. Tendrían que separarlos leguas, océanos, sexos, clases sociales, incontables millas y discursos políticos y paredes de granito; pero a aquellas hojas desde las maltrechas honduras de mi digestión las vi hasta bailar, hasta estremecerse. Estaban tan cerca, que sin poder tocarlas, podía aspirar a rozarlas emprendiendo desde esa ventana un salto mortal, ese salto glorioso que tantas veces soñé en las murallas del Valle de Clamores. Y entonces uno piensa: pero si es ilusorio. Todo lo que está tan, tan cerca, inevitablemente tiene una ley que lo protege, un techo de cristal infranqueable que prohíbe que uno toque. Una ventana. Un Muro de Berlin. Un Estado. Un género. Un tabú.
¿Será simple error de triangulación?
Abrazarse a los árboles atrae el ridículo, no por nada sino porque la gente intuye, correctamente, una falta de esfuerzo, de preparación, un deseo de saltarse las ecuaciones y llegar a ese “meollo” vistoso, atractivo pero mal comprendido. Primero, hay que estudiar con los monjes. Yo, queriendo tener, sólo tuve uno, rebarbativo y patéticamente imaginario. Fue quien me puso a hacer dictado cuando tenía quince años. Llegué a llenar cuadernos y cuadernos de frases inconexas, tontas y sibilinas. Una que ahora se me ocurre: “Estoy al sur de mis posesiones”: váyase a saber lo que eso significa. Sin embargo, entre las múltiples ventajas de la tontería ignoradas por Erasmo, estriba precisamente ésta, de que una frase tonta sirve para muchísimas cosas, se adapta a muchísimas situaciones. Entre mí y lo que sueño con poseer hay una línea, un ecuador que viaja conmigo, para que esté donde estéee, vaya donde vaya, ellas, mis posesiones, se encuentren en otro hemisferio vecino, y eso a pesar de que desde aquí las estoy viendo.
Fracasé también en “los negocios”. ¿Algún día se me agotará la lista de cosas en las que fracasaré?
Mi hijo, él, se abraza a los postes de hierro en plena vereda, pero es niño, lo que no se conjuga con ridiculez. Yo también me abrazo a postes, a mi manera un tanto rebuscada: creo que llegué a ese grado de perfección en el atontamiento, lo cual no se consigue sin grandes sufrimientos a lo largo de la vida: me he ganado el derecho a ser maudlin y tawdry en obra y palabra (ésas fueron segundo y tercero después de buxom). Probablemente, a mi hijo le pasará lo que a mí: irá por la vida buscando quién se deje abrazar tan fácilmente como aquellos postes, y no encontrará, salvo mediante bizantinos ritos sexuales en los que una imaginación sobreexcitada consigue, fugazmente, hallar libertad y cariño.
Con el sexo, igual que con la muerte, nos nivelamos todos. Nadie se escapa de su porción de ridiculez. Hasta aquella señora, que tanto me recuerda a la C. (por esa delicia escondida de overbite) y a la P. (por lo inquietantemente civilizado de sus reflejos mentales, y ese extraño olor a languidez mal consentida), hasta ella habría comulgado vergonzosamente alguna vez con la liturgia del besuqueo intencionado.
Queda una hora antes de que venga esa alumna solitaria, la primera y tal vez la última.
Uno ha pasado momentos así, la vida suele estar repleta de ellas: desesperación, indigencia, fantasmas, noche escura. Lo único que cambia, en este caso, que lo empeora un tantito, es la salud, que cuando pasas el umbral de los 45 se excusa y se marcha apresurada, como un invitado que ha recordado una cita. Lo otro que también cambia: las responsabilidades, el niño. Cómo se me habrá metido en la cabeza tener uno de ésos.
A él le espera una vida complicada, difícil, por motivos parecidos a los que a mí me predestinaron a esto. Por eso, se convierta en lo que se convierta, yo lo sabré entender desde mi cómoda situación de estar muerto y por tanto no entender ya nada. De hecho, pensándolo bien, los muertos entienden todo, pues el entendimiento no es más que la falta de terca estupidez: dejando de lado eso, la razón y la claridad afloran de por sí, sin ayuda, sin necesidad siquiera de un cerebro vivo con el que discutir y pelearse. La tierra no nos necesita para estar bella. A mí, menos que nada. La vista desde el retrete lo confirmó. A nosotros solamente nos cabe sorprendernos ante ese pequeño salto de grillo que separa el fétido caldo encima del cual nos agachamos, de ese cielo sublime con filigrana de hojas de acacia y flor rosada. Tendrían que separarlos leguas, océanos, sexos, clases sociales, incontables millas y discursos políticos y paredes de granito; pero a aquellas hojas desde las maltrechas honduras de mi digestión las vi hasta bailar, hasta estremecerse. Estaban tan cerca, que sin poder tocarlas, podía aspirar a rozarlas emprendiendo desde esa ventana un salto mortal, ese salto glorioso que tantas veces soñé en las murallas del Valle de Clamores. Y entonces uno piensa: pero si es ilusorio. Todo lo que está tan, tan cerca, inevitablemente tiene una ley que lo protege, un techo de cristal infranqueable que prohíbe que uno toque. Una ventana. Un Muro de Berlin. Un Estado. Un género. Un tabú.
¿Será simple error de triangulación?
Abrazarse a los árboles atrae el ridículo, no por nada sino porque la gente intuye, correctamente, una falta de esfuerzo, de preparación, un deseo de saltarse las ecuaciones y llegar a ese “meollo” vistoso, atractivo pero mal comprendido. Primero, hay que estudiar con los monjes. Yo, queriendo tener, sólo tuve uno, rebarbativo y patéticamente imaginario. Fue quien me puso a hacer dictado cuando tenía quince años. Llegué a llenar cuadernos y cuadernos de frases inconexas, tontas y sibilinas. Una que ahora se me ocurre: “Estoy al sur de mis posesiones”: váyase a saber lo que eso significa. Sin embargo, entre las múltiples ventajas de la tontería ignoradas por Erasmo, estriba precisamente ésta, de que una frase tonta sirve para muchísimas cosas, se adapta a muchísimas situaciones. Entre mí y lo que sueño con poseer hay una línea, un ecuador que viaja conmigo, para que esté donde estéee, vaya donde vaya, ellas, mis posesiones, se encuentren en otro hemisferio vecino, y eso a pesar de que desde aquí las estoy viendo.
Fracasé también en “los negocios”. ¿Algún día se me agotará la lista de cosas en las que fracasaré?
Mi hijo, él, se abraza a los postes de hierro en plena vereda, pero es niño, lo que no se conjuga con ridiculez. Yo también me abrazo a postes, a mi manera un tanto rebuscada: creo que llegué a ese grado de perfección en el atontamiento, lo cual no se consigue sin grandes sufrimientos a lo largo de la vida: me he ganado el derecho a ser maudlin y tawdry en obra y palabra (ésas fueron segundo y tercero después de buxom). Probablemente, a mi hijo le pasará lo que a mí: irá por la vida buscando quién se deje abrazar tan fácilmente como aquellos postes, y no encontrará, salvo mediante bizantinos ritos sexuales en los que una imaginación sobreexcitada consigue, fugazmente, hallar libertad y cariño.
Con el sexo, igual que con la muerte, nos nivelamos todos. Nadie se escapa de su porción de ridiculez. Hasta aquella señora, que tanto me recuerda a la C. (por esa delicia escondida de overbite) y a la P. (por lo inquietantemente civilizado de sus reflejos mentales, y ese extraño olor a languidez mal consentida), hasta ella habría comulgado vergonzosamente alguna vez con la liturgia del besuqueo intencionado.
Comments
Post a Comment