Grandes renuncias
Ayer, un conato de pelea entre mi hijastra (10 años) y mi hijo (22 meses) se resolvió a favor del último, con estas palabras (de la madre de ambos): “déjale jugar con eso, es un bebé”.
Gran sabiduría. Cuando tienes diez años, que te quiten el juguete durante tres minutos y medio es sólo una calamidad; cuando tienes apenas dos años, es una tragedia. Las lágrimas del niño, privado de su escoba (juguete favorito: vocación de barrendero ostenta) harían callar a cuanta mater dolorosa que en el mundo ha sido; las siete espadas no son nada al lado de lo suyo. No le ha hecho falta ningún modelo de rol para aprender a tirarse en el piso, o en el sofá (más cómodo) y deshacerse en un llanto desesperado, amargo, existencial, desconsolado. Es simplemente un talento, un don. La Santa de Ávila contempla, muerta de envidia.
Llegará el día en que aprenderá a renunciar, a ceder y a transigir. A no llorar (por aquello de ser hombre), y, esperemos, a decir correctamente, con buena entonación, “las uvas eran amargas”, o (como yo, ahora) “eso de tener muelas funcionales realmente no iba conmigo. Qué quieres que te diga, nací para escuálido”.
Cuando yo tenía tal vez doce o trece años, me leí, varias veces, La Imitación de Cristo, de Thomas á Kempis. Se me antojó un libro deprimente. No entiendo bien esa voracidad que tienen los muchachos de 12 años por los libros deprimentes, pero yo la exhibía. El tema del libro, si me acuerdo bien, es que todo lo que nace de uno es malo, aunque se trate de “buenos sentimientos”. La personalidad que uno tiene, hay que anularla. La única forma de llegar al cielo es mediante una lobotomía virtual tan radical que hasta el mismo deseo de ir al cielo queda extirpado. Hay que intentar ser como Cristo, ese extraño ser que fue como una singularidad caminante, un Agujero Negro temporalmente residente en las riberas del Galileo.
Creo que a los muchachos no les conviene leer ese tipo de libros. Que los lean, sí, pero que los “contrasten” (gracias Rolando) con Spiderman, el Hombre Araña, que también imita a Jesús, pero a su manera, más liberal con los mamporros y con el semen digital. (Descubrí a Spiderman un poco más tarde que a Kempis: me pareció una clara evolución, una oportuna mise á jour del misticismo pretridentino). Luego, en aras de la pluralidad, Homero, Cervantes, Fielding (un Cervantes pequeñito y graciosillo), Dickens, Eliot (aquélla, aunque ése también, por qué no). En fin. Yo fui con el canon, pero me salí de él de vez en cuando, para tomar aire. Así aprendí que, llámese o no “música”, se puede conjugar a los Beatles y Diana Ross con Mozart y Pachelbel, todo esto cabe en una sola cabeza, aunque hagan falta tal vez dos oídos, y a ratos tres (“I can wait” - Schoenberg). De modo parecido, creo que, llámese o no “comunicación social”, caben tanto en los quioscos circundantes El Universo como el Extra como alguna hipotética imitación de The Manchester Guardian, en fin, todo cabe, menos ese parásito (El Telégrafo) que, como polluelo cucú, se las ingenia (gracias Rolando) para expulsar del nido a toda boca competidora. A mí, especialmente, el Extra me sirve para ponerme al día (eso sí, en el 17 y por encima del hombro de alguien) con los últimos glúteos colombianos y las tendencias de la temporada en colores de sangre. Me paro aquí, para no terminar citando al tío de Shandy sobre la mosca en la ventana. Retornemos a nuestras ovejas.
Para una mente hambrienta toda comida es buena. No hay nada de malo en eso. Pero los muchachos y las muchachas, para grandes renuncias, siquiera algunas pequeñas, no fueron hechos. Las leyes de la física, que prohíben que nadie se realice, que todos nos quedemos en tristes remedos de lo que pudiéramos haber sido, porque “total” hay que currar, ya imponen tantísima renuncia diaria, que aumentar todavía más el cupo de sacrificio ya huele a perversión eclesiástica.
“No, no, I don't want that time to come hither.”
Para los viejos, eso sí, la renuncia necesaria. A nuestros dientes, a nuestra visibilidad para con el sexo opuesto (que antaño no fuera opuesto sino subyacente). A esa nitidez que antes caracterizaba las fronteras entre sueño y velo, ahora convertido en sopa subliminal llena de sorpresivos descubrimientos de tigres vestidos de peatones, de hediondos prejuicios propios similares a objetos en descomposición descubiertos en la nevera, detrás del kétchup, de tristes garbanzos de entusiasmos inconexos. Ser viejo es renunciar poco a poco a todo, pero ninguna renuncia es grande, ni menos heroico.
Toda renuncia es un dejar de ser, un ser menos, y ninguna aporta nada que no fuera otramente impuesta, mediante procesos químicos, con el tiempo. Se puede enseñar de todo a un niño, menos a crecer.
Gran sabiduría. Cuando tienes diez años, que te quiten el juguete durante tres minutos y medio es sólo una calamidad; cuando tienes apenas dos años, es una tragedia. Las lágrimas del niño, privado de su escoba (juguete favorito: vocación de barrendero ostenta) harían callar a cuanta mater dolorosa que en el mundo ha sido; las siete espadas no son nada al lado de lo suyo. No le ha hecho falta ningún modelo de rol para aprender a tirarse en el piso, o en el sofá (más cómodo) y deshacerse en un llanto desesperado, amargo, existencial, desconsolado. Es simplemente un talento, un don. La Santa de Ávila contempla, muerta de envidia.
Llegará el día en que aprenderá a renunciar, a ceder y a transigir. A no llorar (por aquello de ser hombre), y, esperemos, a decir correctamente, con buena entonación, “las uvas eran amargas”, o (como yo, ahora) “eso de tener muelas funcionales realmente no iba conmigo. Qué quieres que te diga, nací para escuálido”.
Cuando yo tenía tal vez doce o trece años, me leí, varias veces, La Imitación de Cristo, de Thomas á Kempis. Se me antojó un libro deprimente. No entiendo bien esa voracidad que tienen los muchachos de 12 años por los libros deprimentes, pero yo la exhibía. El tema del libro, si me acuerdo bien, es que todo lo que nace de uno es malo, aunque se trate de “buenos sentimientos”. La personalidad que uno tiene, hay que anularla. La única forma de llegar al cielo es mediante una lobotomía virtual tan radical que hasta el mismo deseo de ir al cielo queda extirpado. Hay que intentar ser como Cristo, ese extraño ser que fue como una singularidad caminante, un Agujero Negro temporalmente residente en las riberas del Galileo.
Creo que a los muchachos no les conviene leer ese tipo de libros. Que los lean, sí, pero que los “contrasten” (gracias Rolando) con Spiderman, el Hombre Araña, que también imita a Jesús, pero a su manera, más liberal con los mamporros y con el semen digital. (Descubrí a Spiderman un poco más tarde que a Kempis: me pareció una clara evolución, una oportuna mise á jour del misticismo pretridentino). Luego, en aras de la pluralidad, Homero, Cervantes, Fielding (un Cervantes pequeñito y graciosillo), Dickens, Eliot (aquélla, aunque ése también, por qué no). En fin. Yo fui con el canon, pero me salí de él de vez en cuando, para tomar aire. Así aprendí que, llámese o no “música”, se puede conjugar a los Beatles y Diana Ross con Mozart y Pachelbel, todo esto cabe en una sola cabeza, aunque hagan falta tal vez dos oídos, y a ratos tres (“I can wait” - Schoenberg). De modo parecido, creo que, llámese o no “comunicación social”, caben tanto en los quioscos circundantes El Universo como el Extra como alguna hipotética imitación de The Manchester Guardian, en fin, todo cabe, menos ese parásito (El Telégrafo) que, como polluelo cucú, se las ingenia (gracias Rolando) para expulsar del nido a toda boca competidora. A mí, especialmente, el Extra me sirve para ponerme al día (eso sí, en el 17 y por encima del hombro de alguien) con los últimos glúteos colombianos y las tendencias de la temporada en colores de sangre. Me paro aquí, para no terminar citando al tío de Shandy sobre la mosca en la ventana. Retornemos a nuestras ovejas.
Para una mente hambrienta toda comida es buena. No hay nada de malo en eso. Pero los muchachos y las muchachas, para grandes renuncias, siquiera algunas pequeñas, no fueron hechos. Las leyes de la física, que prohíben que nadie se realice, que todos nos quedemos en tristes remedos de lo que pudiéramos haber sido, porque “total” hay que currar, ya imponen tantísima renuncia diaria, que aumentar todavía más el cupo de sacrificio ya huele a perversión eclesiástica.
“No, no, I don't want that time to come hither.”
Para los viejos, eso sí, la renuncia necesaria. A nuestros dientes, a nuestra visibilidad para con el sexo opuesto (que antaño no fuera opuesto sino subyacente). A esa nitidez que antes caracterizaba las fronteras entre sueño y velo, ahora convertido en sopa subliminal llena de sorpresivos descubrimientos de tigres vestidos de peatones, de hediondos prejuicios propios similares a objetos en descomposición descubiertos en la nevera, detrás del kétchup, de tristes garbanzos de entusiasmos inconexos. Ser viejo es renunciar poco a poco a todo, pero ninguna renuncia es grande, ni menos heroico.
Toda renuncia es un dejar de ser, un ser menos, y ninguna aporta nada que no fuera otramente impuesta, mediante procesos químicos, con el tiempo. Se puede enseñar de todo a un niño, menos a crecer.
Hasta cierto punto, de acuerdo. Sin embargo, en cuestiones de vejez y afines hay que tener en cuenta la plena vigencia de las Cartoon Laws of Physics, ésas que dictan, por ejemplo, que cuando al correr se te acaba la tierra en forma de súbito acantilado, la fuerza de la gravedad sólo se hace presente en ese momento algo posterior y tardío, en que te das cuenta de que ya no hay tierra debajo tuyo, y por tanto dejas de correr y echas una mirada nerviosa hacia abajo. Ahí sí, uno se encuentra bruscamente despojado de su estabilidad y continuidad horizontales. Pero hay quienes, camino al abismo, siempre se preguntarán qué habría pasado si nomás hubieran seguido corriendo.
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