Mar afuera
Cuando era estudiante, recién abandonado, telefónicamente, por quien hiciera las veces de primera “novia” (aquella irlandesa más adelante haría igual las veces de segunda, también, pero en otra encarnación, ya no católica-romana-hasta-aquí-nomás sino trosquista-feminista-hasta-acá-nomás), y con las navidades a la vuelta de la esquina, y sin hogar to speak of, decidí emprender un Viaje al Norte. Cogí un tren dirección a Leeds, donde me esperaba una “amiga”, hija de carnicero, vestida de pencil skirt (mejor imposible, ella era lápiz), y luego, después de consultar rápidamente con mis hormonas, cogí otro tren para Newcastle, donde otra amiga, hija de un cura anglicano y de una hipopotomesa, me esperaba en actitud de recién casada de Van Eyck (tenía ese cabello también, esas maravillosas trenzas empasteladas de Fräulein protoescandinava). Con la primera no intenté nada, creo que a despecho de ambos pero no había por dónde agarrar; con la segunda, sí, pero ella me puso en mi lugar con una reprimenda de maestra de kínder: no toques, eso es para los adultos. Desconcertado, me enteré entonces de que hay quien no gusta de ser usada. (Creo que yo todavía desprendía un tufo a virgen que mareaba a toda la compañía. Esas tierras thatcherianas de entonces eran baldías en Robinsons. Tuve que esperar cuatro años por una galesa compasiva cinco veces madre y ducha en braguetas oxidadas.)
Me viene ahora a la mente ese viaje por una cosa: la revelación de que si en el mundo había un lugar donde nunca, nunca querría vivir, ese lugar era Leeds, y eso por una razón muy sencilla: no había horizontes. La tal Alison R. podríase decir que sí tenía un horizonte, pero uno demasiado triste: fingir interesarse por El Poema del Mío Cid hasta que le saliera “un novio”, no importaba que fuera feo, vago y acomplejado, con tal de que sacara becas y premios por doquier y que llevara lentes, como ella (La Comunidad de las Almas Through the Looking Glasses). Por lo demás, horizontes, los podías buscar durante todo un día y nada, ni uno. Hasta la cerveza local se llamaba Tetley’s, como el té, y los pubs donde se servía parecían aulas de Secondary Modern. En Leeds el té es lo único que hay para que determines tu orientación respecto a la tierra: si rehúye de la taza, es que te has sentado en el techo, cabeza abajo, o bien en la pared. Caso contrario, estás ortodoxo y perpendicular. Pero como allí todo es plano (todo), y la ciudad entera se ha declarado zona libre de contour lines, y cuando andas por la calle lo único que separa la sosegada pesadilla suburbana del apantanado cielo son los tejados de las casas semi-detached, entonces no sólo existe el riesgo de terminar en carnicero, sino en carnicero inglorioso, cobarde, gago, tabloide, inglés. Por eso mismo, por simple carestía de horizontes.
Es que yo, personalmente, siempre había vivido en un valle.
De niño, viví entre río y bosques; de adolescente, entre diversidad de élans habitacionales hacia lo celeste desdibujados por el clima, y un legendario paraíso silvestre, recostado en chaise longue frente a la ciudad cual maja uniformada, que tardé lo mío en saber que era recinto arbolado perteneciente a un colegio femenino de los más exclusivos (colegio femenino, ya de por sí suena exclusivo). Siempre, dondequiera que fuera, había movimiento geotectónico capturado alrededor. Siempre había hacia donde alzar la mirada. El Chiltern escarpment, un mal sueño de las rocas, resaca geológica, con lo que lo nuestro, lo humano, quedaba en hormiguero oportunista, nomás, servía para recordar, como el Duero de Machado, o como esas otras contour lines de los sequoia, que hasta nuestra Carta más Magna no es más que inconsecuente disparo al aire en medio de tamaña infinitud rocosa.
Y hablando de (esas) sequoias…
Bernard Herrmann una vez dijo que Vértigo tenía que haberse ambientado en “una ciudad más calurosa” y tener como coprotagonista no a Stewart sino a un actor menos wholesome, más apto para encarnar obsesiones enfermizas. Con un genio como Herrmann es inútil discrepar, pero tal vez, como todos nosotros, daba demasiado por sobreentendido: San Francisco por lo menos tiene horizontes, pues quien se encuentre allí está vertiginosamente, sí, entre la espalda de la tierra y la mar, noche y día: entre dos violencias dormidas. Quien teme a la ridiculez de la obsesión (temor que al guionista le hizo sacar de entre los muertos a una token normal person, a modo de contrapeso y observadora, la intermitentemente saboría Midge) no habrá vivido entre horizontes sino entre humanos, destino empequeñecedor como pocos, sin más referente planetaria que la calvicie del vecino suppin’ in t’Woolsack. En cambio, no se puede vivir envenenado por el ozono de un cercano océano y seguir siendo estricta y protocolariamente humano, por algún lado ha de salir el leviatán: si Hitchcock hubiera insistido un poquito más en ese aspecto ambiental Herrmann seguramente se habría callado (piensen en El Fantasma y la Sra Muir, donde el mar es protagonista pleno: allí, no hizo falta ninguna normal person). Hubieran extendido unos segundos más la climáctica escena del acantilado, el beso con fondo marítimo, y mandado al diablo la Legión de la Decencia y el Código Hays (nota curiosa, si las prendas interiores de la Novak, colgadas en la cocina de Stewart, no parecen aptas para revestir cuerpo humano alguno, acháquenla a la mencionada Legión, que en mojigatería rivalizaban con los Buenaños y Panchanas de estos lares: el dato, agradézcanlo a la versión comentada de la restauración digital). Yo con Stewart ni con San Francisco tengo queja: tan sólo con el reduccionismo falaz que sustrae al individuo de su entorno antes de juzgarlo o de salvarlo. Mínimo, para entender a una persona hay que saber si creció en un valle o no, si siempre tuvo a su lado algo mucho más alto o profundo que él, algo que le obligara a escalar, a tranviar o a relajar el derailleur.
(Aquí, Guayaquil, mi horizonte forzosamente quedó en una taza de café; no importa, soy viejo. Pero ay de los que crecieron sin valle, sin cimas emboscadas que traspasar, sin más mundos alrededor que les esperaran con impaciencia quinceañera.)
Con Herrmann sí que no tengo pelea. Si la obsesión se caracteriza por una sístole de huída y una diástole de regreso al objeto, que atrae como imán la voluntad del sujeto, sin estar por ello enraizado en unas coordenadas reconocibles desde fuera (world space), siendo el vértigo precisamente esa incertidumbre gravitacional, esa falta de referentes externas, entonces se precisaba eso, un ostinato poco prolijo cuyo punto de partida y de regreso se sitúa en la atonalidad: con, quizás, una falsa tónica intermitente que se desplomara semitonalmente hacia abajo como tierra movediza, o como bocina de niebla. El romanticismo tardío, principal referente de Herrmann, con armonías musculosamente cromáticas y una orquestación que recuerda al Debussy de Pelléas o al Wagner de Parsifal, se pone truculentamente al servicio de una historia de un hombre soltero enamorado de un ritmo de habanera, el que a su vez (faltaba más) se encarna en un estilo pujante de corsetería, unas sorprendentes cejas y en unas muy pero muy buenas caderas. Más o menos de lo que pudiera haber sufrido yo, durante ese viaje, si no fuera porque el posible magnetismo de la irlandesa lo había despilfarrado demasiado en poses neoconservadores pretendidamente coquetas, y en susurradas negativas que ya, por lo repetitivo, cansaban. Creo que por aquel entonces yo estaba más que dispuesto a obsesionarme, pero no hubo manera: las ganas se quedaron en una especie de involución enfermiza y un oportunismo gauche y aleatorio.
Tuvieron que pasar muchos años antes de que conociera a quien sí se permitiera ser tótem de obsesión. De hecho, al igual que la Novak, ella siguió un guión sencillo estudiado para tal propósito. Creo que cualquier chica de pueblo tiene la capacidad de obsesionar, siguiendo unas simples normas, que parten siempre de la base de que la obsesión es algo pre-existente: no se trata de crearla, sino simplemente de encarnarla, de prestarle un nombre, unos detalles indumentarios, un perfume, unas cejas y unos colores. Dado que la obsesión masculina carece de sentido de humor y es recontrapesada, la mayoría, pudiéndola inspirar, pasan. Unas cuantas, generalmente sicólogas o aficionadas al romanticismo tardío, muestran curiosidad al respecto.
Sí, es cierto. Existe para cada uno de nosotros mujer perfecta, aunque no todos son capaces de describirla ni tal vez de identificarla en un simple desfile policial; yo no la conocí hasta el segundo acto, tal vez porque ella tenía que obtener de mí, mediante trucos, los datos necesarios para encarnarla. Ellas no son inocentes.
If I do what you want me to do, if I let you change me - will you love me?
Chantaje, evidentemente, pero ¿de quién hacia quién?
Please… it can’t matter to you.
Ingenuidad, la de todos nosotros. Los billetes de a cien también son sólo papel. (Interesante observar que para Hitchcock, la femme fatale ideal tiene un toque de vulnerabilidad tan descontrolado, que se dispone a enamorar a quien de por vida podrá humillarla con el recuerdo de un crimen, fundado desprecio que servirá de excipiente invariable para un deteriorado cariño. El masoquismo a corazón abierto funciona mejor en las películas, donde puede imaginarse duradero, que en la vida real, donde su hábitat natural son los moteles y las salas de fotocopiadora.)
You´ve got it bad, haven´t you?
Entre los requisitos caprichosos que muchos agregamos a nuestro blueprint: la ensoñada houri debe de tener el sistema de valores tan distorsionado, que es hasta capaz de sentir compasión por alguien que goce de una salud de hierro y de una holgada independencia financiera, basándose en el delirante pretexto de los “sentimientos” no correspondidos: un sistema de valores, digamos, telenovelesco. Este comentario de la Novak es lo que más marca la película como románticamente prefeminista. Inconcebible, hoy, fuera de los miasmas de las novelerías mexicanas.
Aaaaaaaaaaaah!
Sospecho que alguien ya lo habrá hecho, pero en todo caso, la cosa invita a parodia: el tipo que, dondequiera que vaya, sólo hace falta que emprenda la subida de una escalera para que vea a alguna maniquí de almacén vestida de gris cayéndose allá fuera. (Se podría mostrarlo dudando en cada rellano si debe coger el ascensor, y luego siguiendo, para que caiga otra, y otra… una lluvia tropical de Kim Novaks, vaya). En rescate de esto, la toma de la torre, justamente famosa, con sus perspectivas desafiantes y sus insectos humanos saliendo por ambos lados. El observador, el de verdad, no la impostora de la película que se hace la entendida pero cuya sagacidad se limita a una constatación pasajera de la inutilidad de Mozart, registra en esto la estaca que atraviesa el corazón de nuestros anhelos.
Me viene ahora a la mente ese viaje por una cosa: la revelación de que si en el mundo había un lugar donde nunca, nunca querría vivir, ese lugar era Leeds, y eso por una razón muy sencilla: no había horizontes. La tal Alison R. podríase decir que sí tenía un horizonte, pero uno demasiado triste: fingir interesarse por El Poema del Mío Cid hasta que le saliera “un novio”, no importaba que fuera feo, vago y acomplejado, con tal de que sacara becas y premios por doquier y que llevara lentes, como ella (La Comunidad de las Almas Through the Looking Glasses). Por lo demás, horizontes, los podías buscar durante todo un día y nada, ni uno. Hasta la cerveza local se llamaba Tetley’s, como el té, y los pubs donde se servía parecían aulas de Secondary Modern. En Leeds el té es lo único que hay para que determines tu orientación respecto a la tierra: si rehúye de la taza, es que te has sentado en el techo, cabeza abajo, o bien en la pared. Caso contrario, estás ortodoxo y perpendicular. Pero como allí todo es plano (todo), y la ciudad entera se ha declarado zona libre de contour lines, y cuando andas por la calle lo único que separa la sosegada pesadilla suburbana del apantanado cielo son los tejados de las casas semi-detached, entonces no sólo existe el riesgo de terminar en carnicero, sino en carnicero inglorioso, cobarde, gago, tabloide, inglés. Por eso mismo, por simple carestía de horizontes.
Es que yo, personalmente, siempre había vivido en un valle.
De niño, viví entre río y bosques; de adolescente, entre diversidad de élans habitacionales hacia lo celeste desdibujados por el clima, y un legendario paraíso silvestre, recostado en chaise longue frente a la ciudad cual maja uniformada, que tardé lo mío en saber que era recinto arbolado perteneciente a un colegio femenino de los más exclusivos (colegio femenino, ya de por sí suena exclusivo). Siempre, dondequiera que fuera, había movimiento geotectónico capturado alrededor. Siempre había hacia donde alzar la mirada. El Chiltern escarpment, un mal sueño de las rocas, resaca geológica, con lo que lo nuestro, lo humano, quedaba en hormiguero oportunista, nomás, servía para recordar, como el Duero de Machado, o como esas otras contour lines de los sequoia, que hasta nuestra Carta más Magna no es más que inconsecuente disparo al aire en medio de tamaña infinitud rocosa.
Y hablando de (esas) sequoias…
Bernard Herrmann una vez dijo que Vértigo tenía que haberse ambientado en “una ciudad más calurosa” y tener como coprotagonista no a Stewart sino a un actor menos wholesome, más apto para encarnar obsesiones enfermizas. Con un genio como Herrmann es inútil discrepar, pero tal vez, como todos nosotros, daba demasiado por sobreentendido: San Francisco por lo menos tiene horizontes, pues quien se encuentre allí está vertiginosamente, sí, entre la espalda de la tierra y la mar, noche y día: entre dos violencias dormidas. Quien teme a la ridiculez de la obsesión (temor que al guionista le hizo sacar de entre los muertos a una token normal person, a modo de contrapeso y observadora, la intermitentemente saboría Midge) no habrá vivido entre horizontes sino entre humanos, destino empequeñecedor como pocos, sin más referente planetaria que la calvicie del vecino suppin’ in t’Woolsack. En cambio, no se puede vivir envenenado por el ozono de un cercano océano y seguir siendo estricta y protocolariamente humano, por algún lado ha de salir el leviatán: si Hitchcock hubiera insistido un poquito más en ese aspecto ambiental Herrmann seguramente se habría callado (piensen en El Fantasma y la Sra Muir, donde el mar es protagonista pleno: allí, no hizo falta ninguna normal person). Hubieran extendido unos segundos más la climáctica escena del acantilado, el beso con fondo marítimo, y mandado al diablo la Legión de la Decencia y el Código Hays (nota curiosa, si las prendas interiores de la Novak, colgadas en la cocina de Stewart, no parecen aptas para revestir cuerpo humano alguno, acháquenla a la mencionada Legión, que en mojigatería rivalizaban con los Buenaños y Panchanas de estos lares: el dato, agradézcanlo a la versión comentada de la restauración digital). Yo con Stewart ni con San Francisco tengo queja: tan sólo con el reduccionismo falaz que sustrae al individuo de su entorno antes de juzgarlo o de salvarlo. Mínimo, para entender a una persona hay que saber si creció en un valle o no, si siempre tuvo a su lado algo mucho más alto o profundo que él, algo que le obligara a escalar, a tranviar o a relajar el derailleur.
(Aquí, Guayaquil, mi horizonte forzosamente quedó en una taza de café; no importa, soy viejo. Pero ay de los que crecieron sin valle, sin cimas emboscadas que traspasar, sin más mundos alrededor que les esperaran con impaciencia quinceañera.)
Con Herrmann sí que no tengo pelea. Si la obsesión se caracteriza por una sístole de huída y una diástole de regreso al objeto, que atrae como imán la voluntad del sujeto, sin estar por ello enraizado en unas coordenadas reconocibles desde fuera (world space), siendo el vértigo precisamente esa incertidumbre gravitacional, esa falta de referentes externas, entonces se precisaba eso, un ostinato poco prolijo cuyo punto de partida y de regreso se sitúa en la atonalidad: con, quizás, una falsa tónica intermitente que se desplomara semitonalmente hacia abajo como tierra movediza, o como bocina de niebla. El romanticismo tardío, principal referente de Herrmann, con armonías musculosamente cromáticas y una orquestación que recuerda al Debussy de Pelléas o al Wagner de Parsifal, se pone truculentamente al servicio de una historia de un hombre soltero enamorado de un ritmo de habanera, el que a su vez (faltaba más) se encarna en un estilo pujante de corsetería, unas sorprendentes cejas y en unas muy pero muy buenas caderas. Más o menos de lo que pudiera haber sufrido yo, durante ese viaje, si no fuera porque el posible magnetismo de la irlandesa lo había despilfarrado demasiado en poses neoconservadores pretendidamente coquetas, y en susurradas negativas que ya, por lo repetitivo, cansaban. Creo que por aquel entonces yo estaba más que dispuesto a obsesionarme, pero no hubo manera: las ganas se quedaron en una especie de involución enfermiza y un oportunismo gauche y aleatorio.
Tuvieron que pasar muchos años antes de que conociera a quien sí se permitiera ser tótem de obsesión. De hecho, al igual que la Novak, ella siguió un guión sencillo estudiado para tal propósito. Creo que cualquier chica de pueblo tiene la capacidad de obsesionar, siguiendo unas simples normas, que parten siempre de la base de que la obsesión es algo pre-existente: no se trata de crearla, sino simplemente de encarnarla, de prestarle un nombre, unos detalles indumentarios, un perfume, unas cejas y unos colores. Dado que la obsesión masculina carece de sentido de humor y es recontrapesada, la mayoría, pudiéndola inspirar, pasan. Unas cuantas, generalmente sicólogas o aficionadas al romanticismo tardío, muestran curiosidad al respecto.
Sí, es cierto. Existe para cada uno de nosotros mujer perfecta, aunque no todos son capaces de describirla ni tal vez de identificarla en un simple desfile policial; yo no la conocí hasta el segundo acto, tal vez porque ella tenía que obtener de mí, mediante trucos, los datos necesarios para encarnarla. Ellas no son inocentes.
If I do what you want me to do, if I let you change me - will you love me?
Chantaje, evidentemente, pero ¿de quién hacia quién?
Please… it can’t matter to you.
Ingenuidad, la de todos nosotros. Los billetes de a cien también son sólo papel. (Interesante observar que para Hitchcock, la femme fatale ideal tiene un toque de vulnerabilidad tan descontrolado, que se dispone a enamorar a quien de por vida podrá humillarla con el recuerdo de un crimen, fundado desprecio que servirá de excipiente invariable para un deteriorado cariño. El masoquismo a corazón abierto funciona mejor en las películas, donde puede imaginarse duradero, que en la vida real, donde su hábitat natural son los moteles y las salas de fotocopiadora.)
You´ve got it bad, haven´t you?
Entre los requisitos caprichosos que muchos agregamos a nuestro blueprint: la ensoñada houri debe de tener el sistema de valores tan distorsionado, que es hasta capaz de sentir compasión por alguien que goce de una salud de hierro y de una holgada independencia financiera, basándose en el delirante pretexto de los “sentimientos” no correspondidos: un sistema de valores, digamos, telenovelesco. Este comentario de la Novak es lo que más marca la película como románticamente prefeminista. Inconcebible, hoy, fuera de los miasmas de las novelerías mexicanas.
Aaaaaaaaaaaah!
Sospecho que alguien ya lo habrá hecho, pero en todo caso, la cosa invita a parodia: el tipo que, dondequiera que vaya, sólo hace falta que emprenda la subida de una escalera para que vea a alguna maniquí de almacén vestida de gris cayéndose allá fuera. (Se podría mostrarlo dudando en cada rellano si debe coger el ascensor, y luego siguiendo, para que caiga otra, y otra… una lluvia tropical de Kim Novaks, vaya). En rescate de esto, la toma de la torre, justamente famosa, con sus perspectivas desafiantes y sus insectos humanos saliendo por ambos lados. El observador, el de verdad, no la impostora de la película que se hace la entendida pero cuya sagacidad se limita a una constatación pasajera de la inutilidad de Mozart, registra en esto la estaca que atraviesa el corazón de nuestros anhelos.
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