Soberanía Alimentaria

Ayer cometí un pecado grave: me compré un helado. No es que me preocupe el tema de las calorías (por fin estoy por debajo de mi "peso ideal", primera vez en 20 años), sino que mi situación económica realmente no da para esos lujos ahora: la plata del helado era para mis acreedores. En fin, mientras me lo comía se me dio por pensar en esas debilidades de la carne que hacen que traicionemos a nuestros propios principios éticos.

¿Por qué será que me paso el día soñando con helados?

¿Por qué será que antes, cuando vivía en España, y tenía con qué comprar helados, no me llamaban siquiera la atención? ¿Por qué, en cambio, allá la cerveza era una necesidad vital, mientras que desde que estoy en Ecuador, no me atrae en absoluto?

Y me puse a buscar en Internet. Al final, surgió la respuesta, que para algunos ya será evidente: todo tiene que ver con la fauna digestiva, con esos diminutos bichos que cargas en tu estómago y en tus intestinos. En mi caso concreto, resulta que demuestro claras síntomas de llevar en mis entrañas una colonia floreciente de Heladobacter pingüinii, pequeño ser unicelular con cara de yo no fui que habita en tus tripas y que se alimenta exclusivamente de Sánduches de Chocolate, de Gemelos y de Caseros de Coco. Al enterarme de esto, hice el esfuerzo mental/espiritual de concentrarme en mi hambre de helados, en una suerte de interrogación interior: usted - decía - sí, usted, hambre de helados, no te hagas la loca, contéstame sin rodeos, ¿eres realmente parte de mí o eres simple impostora? Y al no recibir respuesta (tan sólo una diminuta risita sofocada) me puse de pie y bramé en tono apostólico: Te exorcizo vil bacteria, mismísima encarnación de nuestro enemigo, en el nombre de Jesús Heriberto Cristo, sal y huye de este estómago de Dios. Él mismo te manda, el que manda al mar, los vientos y las cadenas presidenciales. Escucha y teme, Oh Heladobacter, enemigo de la economía familiar, adversario de la raza humana, productor de las manchas en las camisas, ladrón de centavos, destructor de billetes, raíz de los males…

Nada. Después de todo esto, seguía con el mismo deseo de comerme otro Casero de Chocolate. Peor, las risitas en mi estómago se multiplicaron.

Con lo cual, he tenido que reconocer a la fuerza que no ejerzo soberanía ni sobre mi propia alimentación. Son estos pequeños animalitos que llevo dentro quienes deciden a todas horas lo que voy a comer. Son ellos los que realmente comen. Yo no.

Naturalmente, uno reacciona ante esto queriendo ser santo. Se me ocurre que hay que ser absolutamente medievales, cultivar el ascetismo, establecer claros límites entre lo que es verdaderamente de uno, o sea, el alma, y lo que es propiedad de los microbios, del gobierno y de la Comisión de Tránsito, es decir, el cuerpo vil con todas sus debilidades, arrugas, extirpaciones y vistosas podredumbres. "A César lo que es de César..."

El problema es que aparentemente no tengo alma.

Así que sólo queda eso: la contemplación de la paulatina disgregación del ser; el espectáculo de las imágenes fotográficas superpuestas; el pasear después de desayunar con la cabeza de otro, situada unos metros más adelante en protocolo mahometano por falta de cuaterniones; resignarse a tener el cuello helicoidal y a pensar en idiomas desconocidos; disponer de una salchicha de aluminio, levemente veteada, sin manual de instrucciones. Por lo mismo es que uno a veces sucede que se cansa de ser hombre.

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