Pequeñez
“Antes no eras así”, ha vuelto a sentenciar mi esposa. Es cierto. Antes no era explosivo, no gritaba. Decir que estoy perdiendo los estribos sería pecar de clarividencia: no está dicho que esto sea un proceso. Podría ser un altibajo, un tropiezo, o podría ser también un destino. Quién sabe.
Otros que han ocupado este pequeño niche, estadísticamente irrelevante, de “extranjero europeo en Ecuador”, tambalearon antes; muchos se marcharon vencidos, murmullando improperios. Si no fuera contra mis principios, diría que esto cansa. ¿Qué cosa? Pues esto de llevar por todas partes una etiqueta en la frente, que según quien lo lea reza “extranjero: aquí hay plata”, o alternativamente “gringo cojudo”. Tal vez lo que da más rabia es que sea cierto, hasta donde alcanza. Soy cojudo. Para mi esposa, la cojudez es medible en dólares y centavos: simplemente se saca la diferencia entre lo que me costó el viejo San Remo hace dos meses y el precio que me acaban de dar por él (es sólo un ejemplo: esto es imparable), o la autocomplacencia con la que mis deudores, la mayoría familiares de mi esposa, se perdonan sus deudas (para qué pagar, si el man debe de tener harta plata, ése nomás se hace). Para otros, es aquella cualidad intangible que hace que uno se sienta confiado al proferir descalificaciones que dentro de la misma relación laboral pero tratándose de un paisano fueran impensables. (Me hizo gracia, empero, enterarme hoy de que hasta a Juan Montalvo pretendieron arreglarle la sintaxis.) Pero he de reconocer que llevo esto del antirracismo a extremos censurables. Hace unos meses estuvimos en un centro comercial, y un viejo se me acerca sonriente para preguntarme de dónde soy. “De Durán”, le contesté impaciente. “No, pero ¿de qué país viene?”, insistió, y al no registrar respuesta, se puso a hablarme en un inglés bastante fluido. No recuerdo si le contesté, pero me dio ganas de escupirle en la cara. ¿Por qué? Pues simplemente porque el tipo juzgaba por las apariencias. Acertadamente, pero juzgaba. Ajá. Y unas líneas más arriba, tuve que suprimir (pero me salió del alma) “un viejo con aspecto de abogado”. Ya, pero a mí no se me ocurriría acercarme a un desconocido a preguntarle cuánto cobraba por un divorcio, simplemente por su aspecto. Eso no se hace. Pues acá sí. Parece que sí.
Estoy condenado. Lo mío, ajj, tiene historia como todo: cuánto me costó, luego de toda la indoctrinación que sufrí a mano de mi primera novia, radicalfeminista, aprender a reconocer a las putas (mis antepasados cromañones también tuvieron que aprender a reconocer a los mamut: vida o muerte, digamos). En ese caso, me tuve que aguantar el halitosis a juez decrépito (“¿minifalda? Se lo buscaba”) hasta acostumbrarme a él. Pero el instinto torcido me sigue. En el caso de los Ornitorrincos, el que me hayan perseguido con estribillo huayyyemsieï por todas partes al principio me resbalaba, hasta me daba una extraña sensación de seguridad, pues evidentemente si me cantaban los Village People era porque me tomaban por marica, lo que me hacía gracia por lo desacertado. Que te tomen por lo que no eres siempre es reconfortante, siempre es motivo de honda alegría. Ese viejo abogado se hubiera salvado hablándome en ruso. Hubiera sido, como lo otro, un cumplido exquisito. Sólo empecé a sentirme paranoico cuando, meses más tarde, se me ocurrió que Village People lo habrían traducido ineptamente por Gente de Pueblo, y la canción era para dar a entender que yo era demasiado Del Pueblo como para merecer trabajar en un colegio tan exclusivo, con adolescentes tan de marca. Como yo mismo hacía tiempo que pensaba lo mismo, eso escocía.
En fin, convengamos en que racismo no es, como antes pensaba, la simple convicción errónea de que la especie humana esté subdividida en “razas” (la ciencia genética desechó esa hipótesis hace cosa de treinta años), sino, en un sentido más general pero con toda propiedad, esto:
You would play upon me, you would seem to know my stops…
(Hamlet, creo que somewhere in Act 3)
(Y a propósito de Hamlet, esto del Universo de hoy: ¨se puede sonreir y seguir siendo un canalla¨ lo atribuyen inocentemente a Oliver Stone. Esa gente del Universo, como diría algún comentarista estatal, estatista o estático, es lo más.)
Pero ¿por qué no? Si peor sería, en opinión de algunos, que nadie te tocara, aunque fuera los bemoles, aunque fuera sacándote, como ese viejo, el Land of Dope and Tories. Tal vez. Tal vez no. Estoy así, cambiado, “no el de antes¨, por esta sequía, creo, esta interminable sequía. Por haber conocido, una vez, a quien tocaba, sí, bien, pero bien.
Lo que queda: simple pequeñez, pequeñez, que no justifica tanta logística de testosterona o de adrenalina. Recuérdalo.
Otros que han ocupado este pequeño niche, estadísticamente irrelevante, de “extranjero europeo en Ecuador”, tambalearon antes; muchos se marcharon vencidos, murmullando improperios. Si no fuera contra mis principios, diría que esto cansa. ¿Qué cosa? Pues esto de llevar por todas partes una etiqueta en la frente, que según quien lo lea reza “extranjero: aquí hay plata”, o alternativamente “gringo cojudo”. Tal vez lo que da más rabia es que sea cierto, hasta donde alcanza. Soy cojudo. Para mi esposa, la cojudez es medible en dólares y centavos: simplemente se saca la diferencia entre lo que me costó el viejo San Remo hace dos meses y el precio que me acaban de dar por él (es sólo un ejemplo: esto es imparable), o la autocomplacencia con la que mis deudores, la mayoría familiares de mi esposa, se perdonan sus deudas (para qué pagar, si el man debe de tener harta plata, ése nomás se hace). Para otros, es aquella cualidad intangible que hace que uno se sienta confiado al proferir descalificaciones que dentro de la misma relación laboral pero tratándose de un paisano fueran impensables. (Me hizo gracia, empero, enterarme hoy de que hasta a Juan Montalvo pretendieron arreglarle la sintaxis.) Pero he de reconocer que llevo esto del antirracismo a extremos censurables. Hace unos meses estuvimos en un centro comercial, y un viejo se me acerca sonriente para preguntarme de dónde soy. “De Durán”, le contesté impaciente. “No, pero ¿de qué país viene?”, insistió, y al no registrar respuesta, se puso a hablarme en un inglés bastante fluido. No recuerdo si le contesté, pero me dio ganas de escupirle en la cara. ¿Por qué? Pues simplemente porque el tipo juzgaba por las apariencias. Acertadamente, pero juzgaba. Ajá. Y unas líneas más arriba, tuve que suprimir (pero me salió del alma) “un viejo con aspecto de abogado”. Ya, pero a mí no se me ocurriría acercarme a un desconocido a preguntarle cuánto cobraba por un divorcio, simplemente por su aspecto. Eso no se hace. Pues acá sí. Parece que sí.
Estoy condenado. Lo mío, ajj, tiene historia como todo: cuánto me costó, luego de toda la indoctrinación que sufrí a mano de mi primera novia, radicalfeminista, aprender a reconocer a las putas (mis antepasados cromañones también tuvieron que aprender a reconocer a los mamut: vida o muerte, digamos). En ese caso, me tuve que aguantar el halitosis a juez decrépito (“¿minifalda? Se lo buscaba”) hasta acostumbrarme a él. Pero el instinto torcido me sigue. En el caso de los Ornitorrincos, el que me hayan perseguido con estribillo huayyyemsieï por todas partes al principio me resbalaba, hasta me daba una extraña sensación de seguridad, pues evidentemente si me cantaban los Village People era porque me tomaban por marica, lo que me hacía gracia por lo desacertado. Que te tomen por lo que no eres siempre es reconfortante, siempre es motivo de honda alegría. Ese viejo abogado se hubiera salvado hablándome en ruso. Hubiera sido, como lo otro, un cumplido exquisito. Sólo empecé a sentirme paranoico cuando, meses más tarde, se me ocurrió que Village People lo habrían traducido ineptamente por Gente de Pueblo, y la canción era para dar a entender que yo era demasiado Del Pueblo como para merecer trabajar en un colegio tan exclusivo, con adolescentes tan de marca. Como yo mismo hacía tiempo que pensaba lo mismo, eso escocía.
En fin, convengamos en que racismo no es, como antes pensaba, la simple convicción errónea de que la especie humana esté subdividida en “razas” (la ciencia genética desechó esa hipótesis hace cosa de treinta años), sino, en un sentido más general pero con toda propiedad, esto:
You would play upon me, you would seem to know my stops…
(Hamlet, creo que somewhere in Act 3)
(Y a propósito de Hamlet, esto del Universo de hoy: ¨se puede sonreir y seguir siendo un canalla¨ lo atribuyen inocentemente a Oliver Stone. Esa gente del Universo, como diría algún comentarista estatal, estatista o estático, es lo más.)
Pero ¿por qué no? Si peor sería, en opinión de algunos, que nadie te tocara, aunque fuera los bemoles, aunque fuera sacándote, como ese viejo, el Land of Dope and Tories. Tal vez. Tal vez no. Estoy así, cambiado, “no el de antes¨, por esta sequía, creo, esta interminable sequía. Por haber conocido, una vez, a quien tocaba, sí, bien, pero bien.
Lo que queda: simple pequeñez, pequeñez, que no justifica tanta logística de testosterona o de adrenalina. Recuérdalo.
Pequeñeces, nimiedades. Resulta redundante abundar en la grandeza de las pequeñas cosas, esas que le dan el color a la vida.
ReplyDeleteLa ira. Necesaria. Putear, un arte que muy pocos saben manejar.