La Ilustre y Muy Venerable Cofradía de Nuestra Señora de los Pies Perforados
“Om... Mani? Pad me. Hum.”
La tradicional (entre redactores de opinión) invocación al espíritu de Mani, legendario profeta cuyo principal legado en nuestros días sigue siendo el maniqueísmo político, parece haberle servido a Emilio Palacio, cuya columna el El Universo de ayer da a entender que quien apoye el paro de la UNE y grite “viva el paro” en las inmediaciones del Presidente, merece por ello un trato especial de “valiente” pocas veces otorgado desde aquella columna en particular: un tratamiento, digamos, poco menos que de héroe. Ahora, sin saber nada más sobre el tipo en cuestión, un tal Marlon Tenecela, fuera de algún melenudo deseo, visible en las fotografías, de parecerse al Lennon de los años 68-69, no podemos decir que no sea un héroe, aunque para mi gusto personal “valiente” es quien demuestre talento para sobrevivir, y conociendo las susceptibilidades del Primer Mandatario, gritar delante de él cualquier cosa que no sea una expresión de supina adoración o una petición de autógrafo, es arriesgarse demasiado: hay una línea muy delgada entre valentía e insensatez. De todas maneras, lo que me preocupa en esto es que pareciera como si, para ese respetable periodista, quien se manifieste en contra del Presidente por la razón que sea, se convierte ipso facto en aliado de esa gran masa de personas generosas y liberales que, según él, se encuentran disconformes con el actual régimen. O séase, que los enemigos de mis enemigos son mis amigos.
Por eso digo: el espíritu de Mani está todavía con nosotros.
Ayer tuve que ir a mediodía a la Universidad Estatal. Por instancias de la CTG, el autobús hizo un pequeño desvío forzoso; por fin llegué, y, cumplido mi recado, me dispuse a ir caminando hasta Urdesa. Fue cuando un grupo de personas paradas en una esquina me gritaron: ¡cuidado con las piedras! Al doblar la esquina, efectivamente, me encontré con una calle llena de rocas, y a lo lejos, un grupo reducido de manifestejantes que se dedicaban a lanzar piedras, al parecer de forma aleatoria, más o menos en dirección a un pequeño destacamento de policías que había allá cerquita. Como yo no llevaba uniforme de policía, en ese instante decidí que no habría dificultad en seguir caminando en dirección hacia los manifestejantes, puesto que conmigo no tenían ninguna pelea. Lo que me disuadió fue una piedra grande que pasó cerca de mi cabeza en ese momento. Al tirador de la piedra le dirigí un gesto de lástima, y retrocedí, para acto seguido ponerme a buscar un taxi que me llevara adonde tenía que ir.
Cuando en algún momento el taxista tomó una calle que llevaba indirectamente hacia donde estaban parados esos manifestejantes, salieron algunos al paso, haciendo gestos enérgicos que daban a entender que retrocediera, que por ahí no podía pasar. El taxista, conversando conmigo en ese momento, y dando la vuelta, dejó soltar otro “hijos de puta”, tal vez el tercero o el cuarto. En eso convenimos sin discusión: quienes allí se manifestaban eran, efectivamente, unos hijueputas. ¿Qué otro calificativo sirve para personas que se toman la calle e impiden con violencia la libre circulación de la gente? (Y sí, eso va para los de la CTG también, con sus “desvíos”).
Lo que me parece triste es que haya gente que no sabe hacer oposición.
A estas alturas, “a favor”, incondicionalmente, del gobierno sólo quedan los lobotomizados y los arrimados al abrevadero estatal. El resto de la gente, como gusta de señalar Palacio, espera “un líder”. Viendo el panorama de ayer, podremos convenir en que tal “líder”, cuando llegue, tendrá a sus espaldas un impresionante historial de tirador de piedras aleatorias, y pocas cualidades más. Es decir, en política acá uno se limita a imitar los peores defectos de sus enemigos. Si el mismo gobernante le hace pagar al ciudadano de a pie toda su frustración y sus malas pulgas, pues no vayamos a ser menos. Si ellos son vandálicos, pues nosotros también. Y así nos va. Como en otras ocasiones señaladas, la “oposición” en este país se dedica nomás a dispararse a sus propios pies.
Qué fácil hubiera sido organizar un paro (si paro hacía falta) disciplinado y con cierto nivel de apoyo popular, con justos reclamos y talante (ahí me salió el zapatero) dialogante, frente a la archiconocida intolerancia gubernamental. Pero ¿quién iba a apoyar a una pandilla de energúmenos que tiran piedras a diestra y siniestra, con total indiferencia, y a quienes no se les ocurre mejor consigna de guerra que “viva el paro”? Un servidor, no.
La tradicional (entre redactores de opinión) invocación al espíritu de Mani, legendario profeta cuyo principal legado en nuestros días sigue siendo el maniqueísmo político, parece haberle servido a Emilio Palacio, cuya columna el El Universo de ayer da a entender que quien apoye el paro de la UNE y grite “viva el paro” en las inmediaciones del Presidente, merece por ello un trato especial de “valiente” pocas veces otorgado desde aquella columna en particular: un tratamiento, digamos, poco menos que de héroe. Ahora, sin saber nada más sobre el tipo en cuestión, un tal Marlon Tenecela, fuera de algún melenudo deseo, visible en las fotografías, de parecerse al Lennon de los años 68-69, no podemos decir que no sea un héroe, aunque para mi gusto personal “valiente” es quien demuestre talento para sobrevivir, y conociendo las susceptibilidades del Primer Mandatario, gritar delante de él cualquier cosa que no sea una expresión de supina adoración o una petición de autógrafo, es arriesgarse demasiado: hay una línea muy delgada entre valentía e insensatez. De todas maneras, lo que me preocupa en esto es que pareciera como si, para ese respetable periodista, quien se manifieste en contra del Presidente por la razón que sea, se convierte ipso facto en aliado de esa gran masa de personas generosas y liberales que, según él, se encuentran disconformes con el actual régimen. O séase, que los enemigos de mis enemigos son mis amigos.
Por eso digo: el espíritu de Mani está todavía con nosotros.
Ayer tuve que ir a mediodía a la Universidad Estatal. Por instancias de la CTG, el autobús hizo un pequeño desvío forzoso; por fin llegué, y, cumplido mi recado, me dispuse a ir caminando hasta Urdesa. Fue cuando un grupo de personas paradas en una esquina me gritaron: ¡cuidado con las piedras! Al doblar la esquina, efectivamente, me encontré con una calle llena de rocas, y a lo lejos, un grupo reducido de manifestejantes que se dedicaban a lanzar piedras, al parecer de forma aleatoria, más o menos en dirección a un pequeño destacamento de policías que había allá cerquita. Como yo no llevaba uniforme de policía, en ese instante decidí que no habría dificultad en seguir caminando en dirección hacia los manifestejantes, puesto que conmigo no tenían ninguna pelea. Lo que me disuadió fue una piedra grande que pasó cerca de mi cabeza en ese momento. Al tirador de la piedra le dirigí un gesto de lástima, y retrocedí, para acto seguido ponerme a buscar un taxi que me llevara adonde tenía que ir.
Cuando en algún momento el taxista tomó una calle que llevaba indirectamente hacia donde estaban parados esos manifestejantes, salieron algunos al paso, haciendo gestos enérgicos que daban a entender que retrocediera, que por ahí no podía pasar. El taxista, conversando conmigo en ese momento, y dando la vuelta, dejó soltar otro “hijos de puta”, tal vez el tercero o el cuarto. En eso convenimos sin discusión: quienes allí se manifestaban eran, efectivamente, unos hijueputas. ¿Qué otro calificativo sirve para personas que se toman la calle e impiden con violencia la libre circulación de la gente? (Y sí, eso va para los de la CTG también, con sus “desvíos”).
Lo que me parece triste es que haya gente que no sabe hacer oposición.
A estas alturas, “a favor”, incondicionalmente, del gobierno sólo quedan los lobotomizados y los arrimados al abrevadero estatal. El resto de la gente, como gusta de señalar Palacio, espera “un líder”. Viendo el panorama de ayer, podremos convenir en que tal “líder”, cuando llegue, tendrá a sus espaldas un impresionante historial de tirador de piedras aleatorias, y pocas cualidades más. Es decir, en política acá uno se limita a imitar los peores defectos de sus enemigos. Si el mismo gobernante le hace pagar al ciudadano de a pie toda su frustración y sus malas pulgas, pues no vayamos a ser menos. Si ellos son vandálicos, pues nosotros también. Y así nos va. Como en otras ocasiones señaladas, la “oposición” en este país se dedica nomás a dispararse a sus propios pies.
Qué fácil hubiera sido organizar un paro (si paro hacía falta) disciplinado y con cierto nivel de apoyo popular, con justos reclamos y talante (ahí me salió el zapatero) dialogante, frente a la archiconocida intolerancia gubernamental. Pero ¿quién iba a apoyar a una pandilla de energúmenos que tiran piedras a diestra y siniestra, con total indiferencia, y a quienes no se les ocurre mejor consigna de guerra que “viva el paro”? Un servidor, no.
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